RUTAS VERDES. TORRELODONES En busca del utópico camino que comunica Madrid con el mar Datos Básicos TORRELODONES.- Impasible al intenso tráfico, la antigua torre de los Lodones, muestra su elegante figura en un altozano bien visible desde la autopista que conduce a Villalba. Es a los pies de este edificio levantado en el siglo IX donde comienza esta inédita ruta. Un corto tramo de tierra conduce a la urbanización de Las Marías. Callejeando rumbo al sur, primero por el Pasei de Juan Carlos Ureta y luego por el de Pascual Saorín, el caminante termina por abandonar el asfalto, para circular por una pista bajo la cual para el tendido del tren que viene de la capital. Una visible antena de telefonía móvil de color verde es la señal. A su derecha está la entrada de la casa nueva del Enebrillo. El camino discurre por su izquierda, entre vallas y superando una breve cuesta. TORREONES.- Un giro a la izquierda lleva a una zona más despejada. En ningún momento desaparecen las vallas y señales que indican la propiedad particular de los terrenos. Más adelante, se abren las vallas en una recoleta rotonda en cuyo lado derecho hay una señorial entrada flanqueada por dos característicos torreones, junto a los cuales discurre la ruta que nos ocupa. Tras dejar atrás los últimos vallados, la ancha pista discurre por unos campos que parecen terreno de nadie. Un poco más adelante, unos ladridos señalan que el destartalado chalé a donde conduce el camino, no está deshabitado. Continúa la senda por su derecha para dar paso al poco tiempo a una zona por completo despoblada. Es un monte bajo, en el que asoman algunos desnutridos enebros en medio de espesos jarales, en esta época del año totalmente adormecidos. Aunque a gusto, se extraña el caminante de estas soledades a tiro de piedra de la gran ciudad. Pero como quiera que la dicha no puede ser completa, al transitar por una zona elevada, los campos que se extienden hacia el sur y hacia el oeste aparecen cubiertos por una aglomeración de urbanizaciones de todo pelo que se esparcen sin ofrecer una mínima tregua hasta la lejana Las Rozas. De inmediato se sumerge la pista ladera abajo, trazando un par de curvas. En sus márgenes, los negros esqueletos de un grupo de enebros son la herencia de un incendio no demasiado pretérito. Al final de la bajada, el camino se da de bruces con un notable pinar. Una cancela cierra inútilmente el paso. Al otro lado se bifurca, debiendo seguirse el ramal de la derecha que, durante un tramo, transita junto a un arruinado canal. Sólo cinco minutos después, la ciclópea presa de Gasco se aparece a los ojos del caminante. Estas ruinas que hoy aparecen llenas de musgo y coronadas por encinas, son los restos de un trabajo que llevaron a cabo centenares de hombres durante 12 años. Pero sobre todo es lo que queda del sueño de un visionario. Proyectada por el ingeniero de ascendencia francesa Carlos Lemaur, era el primer paso de una obra que iba a comunicar Madrid con el mar. MADRID Y EL MAR.- Un canal fluvial navegable de 771 kilómetros que, partiendo de este punto y a través de los ríos Guadarrama, Manzanares, Jarama, Tajo, Riansares, Záncara, Jabalón, Guarrizas, Guadalén, Guadalimar y Guadalquivir, hubiera supuesto una transformación de la sociedad española. Pero en mayo de 1799 una violenta tormenta arruinó aquel sueño que se sustentaba en unas técnicas heredadas del tiempo de los romanos. Permite el camino cruzar la presa por su parte más alta, para luego seguir por la orilla opuesta, rumbo al puerto de Galapagar. Es desde esta parte donde mejores vistas ofrece el gigantesco muro y el terrible derrumbe que hoy, casi hace dos siglos, la sumió en el olvido. Datos Practicos Accesos.- Desde Madrid seguir por la A-VI, hasta la salida 29, Torrelodones-Hoyo de Manzanares. Continuar por la vía auxiliar dejando la primera población a la derecha. Algo más adelante cruzar sobre la autopista por un puente, retornando hacia Madrid por la carretera lateral. Coger el primer desvío a la derecha, que da acceso a la Finca Las Marías. En la primera rotonda girar a la izquierda y al fondo de la calle, con la torre ya a la vista, dejar el coche. Duración.- Dos horas y media de paseo. Indicaciones. Itinerario que permite enlazar dos construcciones históricas a través de una zona en gran parte despoblada. Carente de dificultades, discurre en todo momento por pistas francas, si bien tiene una corta parte con un fuerte desnivel. Valores naturales.- La parte más interesante está asociada al cauce del Guadarrama, que discurre por una profunda garganta. Donde comer.- La Santina, en Torrelodones. (Teléfono: 859.11.25). La historia de la Presa del Gasco Río Guadarrama El siglo XVIII fue un período rico en iniciativas de carácter científico, principalmente de carácter utilitario; entre éstas se encuentran los proyectos relacionados con la ordenación del territorio y las obras de ingeniería civil. La construcción de la Presa del Gasco se encuentra en la frontera entre lo que habían sido las primeras obras de ingeniería, a cargo de ingenieros militares, y lo que sería, a partir de entonces, la ingeniería civil y los estudios para la realización de dichas obras. El interés de las autoridades españolas por la promoción de este tipo de obras queda bien patente en el testimonio dejado por el propio monarca Felipe V: "(…) que se reconozcan los ríos que se pudieren hacer navegables y parajes que pudieren  ser a propósito para cubrir canales y acequias, descubriendo también las aguas subterráneas que no solo aseguren el aumento del comercio, y el mayor beneficio de los pueblos por la facilidad y poquísimo gasto con que se transportarían los frutos y materiales y géneros de unas provincias a otras, sino que diesen disposición para molinos y otros ingenios, y para el regadío de diferentes campos y tierras, que no producen por faltarles este beneficio". Carlos Lemaur, a quien se debe el diseño de presa del Gasco, estaba considerado como uno de los mejores ingenieros civiles de su época; tuvo de integrarse en el ejército prescindiendo de los escalafones existentes, salvando todos los problemas que se le plantearon. Abordó la tarea de proyectar un canal navegable desde el río Guadarrama al Océano Atlántico, proyecto que finalizó en 1785, pocos días antes de su muerte. La iniciativa de este canal se debió al Banco de San Carlos, dirigido por Francisco Cabarrús. El canal debería pasar por Madrid, Aranjuez, La Mancha y Sierra Morena, conectando los cursos de diversos ríos, desde el Guadarrama al Guadalquivir, con una longitud total de 771 km y un desnivel de 800 m. Lemaur realizó los estudios de nivelación y el cálculo de los costes, ayudado por sus hijos. Firmó el proyecto el 7 de noviembre de 1785; dieciocho días mas tarde moría. El trazado propuesto por Lemaur se considera, hoy día y a la luz de la cartografía actual, correcto; el levantamiento topográfico ha resultado ser bastante exacto y, por otra parte, se aportan soluciones constructivas para todos los problemas de desniveles. Han quedado patentes, sin embargo, dos inconvenientes, que podrían haber hecho muy difícil su construcción y puesta en servicio: las larguísimas minas que se tendrían que construir en el último tramo de su curso y el abastecimiento de agua. La continuación de los estudios y las obras fue encargado a los hijos de C. Lemaur. Un elemento esencial de ese proyecto habría de ser la presa de El Gasco, sobre el río Guadarrama, cerca de Madrid, que actuaría como embalse regulador del canal. Con sus 93 metros, dicha presa habría de ser la mas alta del Mundo en aquella época. Los problemas de construcción aparecieron desde el primer momento y llegaron a ser tan grandes que, pasados unos años, se abandonó el proyecto. En 1799, cuando ya se habían alcanzado los 54 m, una fuerte tormenta provoco el derrumbamiento parcial del muro frontal de la presa, así como parte de la estructura interna del mismo; no podemos estar seguros de que esta circunstancia fuese determinante en el abandono del proyecto aunque, con probabilidad, pudo influir en ello. Fauna y flora durante el recorrido Por la vereda que llega hasta el camino del canal podremos observar jarales de jara pringosa (Cistus ladanifer), típicos de estas altitudes y sustratos silíceos de arenas, procedentes de la erosión de los granitos procedentes de la Sierra de Guadarrama; estas comunidades aparecen por degradación del encinar. También podremos ver otras plantas, como la siempreviva (Helichrysum stoechas), el cantueso (Lavandula pedunculata), el tomillo blanco (Thymus mastichina), alguna jarilla (Halimium umbellatum subsp. viscosum) o, incluso, aliagas (Genista hirsuta). En ocasiones, estos matorrales aparecen salpicados por restos de vegetación arbórea, como enebros de la miera (Juniperus oxycedrus) o encinas (Quercus rotundifolia). También veremos, entremezcladas entre el jaral, abundantes retamas (Retama sphaerocarpa). Una vez llegados al camino del canal, el sendero discurre por un bonito encinar en el que aparecen retamas, cantuesos y alguna jara y que nos llevará, un poco más adelante, a un pinar de pino piñonero (Pinus pinea) cultivado de antiguo, por el que discurre la senda, casi hasta llegar a la presa. También veremos aparecer los primeros grandes bloques de granito, señales inconfundibles de nuestra presencia en las estribaciones de la Sierra de Guadarrama, puesto que geológicamente estos territorios se encuentran limítrofes a la falla que separa la montaña de la meseta. Estos granitos aparecerán salpicados por todo el territorio por el que ahora vamos a pasear; entre ellos podremos reconocer distintas comunidades vegetales, constituidas por plantas altamente especializadas en colonizar los sustratos duros de la roca, unos aparecen en pequeñas fisuras, como por ejemplo los pteridófitos Cheilanthes tinaei o, más raramente, Asplenium adiantum-nigrum o A. billotii, que necesitan algo más de sombra. También podemos encontrar otras comunidades asociadas a grandes fisuras, repisas y chimeneas en las que son muy típicas y comunes las preciosas dedaleras (Digitalis thapsi), los claveles de roca (Dianthus lusitanus), los zapatitos de la reina (Antirrhinum graniticum), o las acederas (Rumex induratus). Como la mayor parte del camino nos lleva por el pinar, será mejor descansar o repostar en el mismo, antes de llegar al muro camino de la presa. Casi no vamos a encontrar ninguna planta entre los pinos, excepto jaras. Una vez que salimos del pinar, el camino se hace más estrecho y discurre entre encinares y grandes bloques de granito, donde podremos observar algunas de las plantas citadas anteriormente. Después, llegados al muro, nos recrearemos en la vegetación de esta parte del río Guadarrama, bastante angosta, con escarpadas laderas cubiertas por encinares. Hay que tener precaución, sobre todo si se pasea con niños, ya que el muro de la presa tiene más de 50 m de caída libre y, aunque es muy ancho (en algunas zonas tiene unos 20 m de anchura) casi todo él está cubierto por vegetación arbustiva y arbórea, dejando una pequeña senda al borde de mismo. La composición florística de los encinares lleva, casi de manera exclusiva, encina o carrasca (Quercus rotundifolia) en el dosel arbóreo, acompañado de enebros de la miera (Juniperus oxycedrus), madreselvas (Lonicera etrusca) y cornicabras (Pistacia terebinthus), alguno de cuyos ejemplares podremos admirar en el mismo muro de la presa, caracterizados por el tono rojizo de sus hojas compuestas. En el sotobosque, bajo las encinas, podemos encontrar algunas plantas herbáceas nemorales como la rubia (Rubia peregrina), esparragueras (Asparagus acutifolius), peonías (Paeonia broteroi) o pequeños cárices (Carex distachya). En los claros del encinar, o cuando éste es destruido, aparecen jarales de jara pringosa con todo su cortejo florístico, como ya hemos comentado en párrafos anteriores. Si los suelos no han sido muy decapitados, pueden aparecer algunas leguminosas (genisteas) como la retama (Retama sphaerocarpa), la escoba negra (Cytisus scoparius) o la aliaga (Genista hirsuta) que, en ocasiones, acompañan al encinar. Si bajamos por la ladera a la orilla del río, podremos contemplar las comunidades de ribera, tanto arbóreas como herbáceas. En cuanto a las arbóreas, aparecen dos tipos; el más cercano al agua formado por saucedas de sauce salvifolio (Salix salvifolia), junto a otros sauces (Salix purpurea subsp. lambertiana, S. neotricha) con un estrato herbáceo reducido a plantas nitrófilas, que aparecen sobre los lodos arrastrados por la corriente, siendo común encontrar ortigas (Urtica dioica), dulcamara (Solanum dulcamara), mentas (Mentha longifolia), paniegas (Rumex conglomeratus), etc. La segunda banda de vegetación está formada por fresnedas (bosques de Fraxinus angustifolia) que, en algunas zonas, suben por la ladera aprovechando la humedad retenida entre los grandes bloques de granito. Llevan en el sotobosque algunas plantas nemorales, como botones de oro (Ranunculus ficaria), aros (Arum italicum), nueza negra (Tamus comunis), brionía (Bryonia dioica) y algunos arbustos de la familia de las rosáceas como el majuelo (Crataegus monogyna) y el endrino (Prunus spinosa) o madreselvas (Lonicera peryclimenum subsp. hispanica). Ambos tipos de bosque llevan una cohorte de arbustos espinosos, donde destacan las zarzas (Rubus ulmifolius s.l.) y los escaramujos o rosales silvestres (Rosa micrantha, R. corymbifera, R. canina, R. pouzinii), que se pueden ver fácilmente dispersos por las laderas, ya que destacan por su color rojizo. En las zonas donde el río se encajona excesivamente, la vegetación leñosa se ve reducida a saucedas. Finalmente, en el borde del cauce aparecen comunidades de grandes cárices (Carex broteriana) con algunas plantas interesantes como los lirios (Iris pseudacorus), que destacan por su gran porte y flores amarillas, el nabo del diablo (Oenanthe crocata), mentas (Mentha longifolia) y gran cantidad de gramíneas, como Holcus reuteri, H. lanatus, Anthoxanthum odoratum, Glyceria declinata, Poa trivialis, Festuca rivularis, etc.
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